viernes, enero 13, 2006

Leer es Amar

Por Danilo Sánchez Lihón
«En la lectura ningún
amor se pierde»
1. Leer para ser hombres libres
Frederick Douglas, el gran hombre de Estado norteamericano, consejero y amigo personal del presidente Abraham Lincoln, nació esclavo en Maryland, en el año 1817. Siendo niño la esposa de su amo, que era una mujer tierna y bondadosa, pretendió enseñarle las primeras letras del alfabeto en el silabario. Al descubrir este hecho el amo blanco se enfureció y lleno de ira le increpó a su esposa gritándole:
– ¡Qué estás haciendo, mujer!– Enseñándole a leer a este niño. Pero, ¡por qué tanta cólera!– ¡Si le enseñas a leer dejará de ser esclavo! –fue su respuesta contundente.
Desde ese momento, cuenta Frederick Douglas, comprendió –al oír tales palabras– cuál era el camino que tenía que recorrer para dejar de ser paria, siervo y explotado. Se le reveló, como si los cielos se rasgaran, cuál era el secreto para aspirar a ser un hombre libre, razón por la cual dedicó todas sus energías a aprender a leer, primero, y luego a devorar, –a escondidas de sus opresores– todo aquel rastro y vestigio de letras que encontrara a su paso, llegando a ser, –como de hecho lo fue– el gran libertador de su raza, puesto que a él cupo redactar el decreto de la abolición de la esclavitud que luego firmara y refrendara Abraham Lincoln.
Este hecho histórico nos ilustra cómo la lectura es importante para ser hombres libres y resulta fundamental para la plena realización del destino humano sobre la superficie de la tierra. Y todo ello, porque permite a una persona elegir, entre una gama muy amplia de asuntos y materias, aquella pepita de oro, haz de luz o diamante vital que se adopta y luego se expande; doctrina de vida y desarrollo personal que más le conmueven y repercuten en el espíritu y constituyen nuestra misión de vida. Pero, además, porque los libros permiten de manera ilimitada profundizar en los temas o propósitos que cada quien elige, debido a que todo el conocimiento sobre una materia está depositado en los libros, permitiendo a toda persona realizarse plena y lúcidamente en la vida.
El mundo moderno nos enajena, haciéndonos «cosas» y nos sumerge en un cajón de baratijas; porque la vida se ha convertido en una esquina estridente de ruidos ensordecedores donde nosotros no estamos seguros de si el lugar donde nos hallamos es aquel que buscábamos a donde queríamos y debiéramos estar o quizá sea aquel en donde estamos más irremediablemente perdidos, de allí que la lectura sea la hebra para encontrar la hebra el ovillo que verdaderamente somos.
De allí que cada vez la reflexión, intimidad y toma de conciencia –que es el verdadero medio vital de la lectura– están más y más extrañadas, excluidas y enajenadas de nuestras vidas y somos ya como sombras fantasmales y sonámbulas de la existencia. Y es muy difícil volver al centro de encuentro de nosotros mismos, a la armonía y paz interior, a la de tranquilidad de espíritu que debe tener cada quien para que la lectura exista, –porque ésta se da o no como una profunda indagación y franca conversación interior con nosotros mismos– y no perdernos sino multiplicar en cien y mil lecturas más la maravilla que es la vida, la misma que se justifica en la medida que se la lee y se le encuentra su significado esencial.

2. En el ara de los templos y en lo recóndito de los palacios
Por eso, ella se vuelve mucho más valiosa ahora, puesto que con la lectura uno elige la vida que quiere. Ante los libros la persona humana va construyendo su destino, labrando su camino, encontrando su sendero y el sentido a su vida estupefacta. De esta manera exorcizamos esos dos determinismos históricos que nos aprisionan con sus crueles cerrojos: el tiempo, –a cuyas leyes estamos sometidos– y el espacio que nos limita, atornilla y condena. Pero la lectura supera y traspasa esas dos barreras, como esfuma y pulveriza verdaderas fatalidades, no negándolas no obstruyéndolas sino intensificándolas y ampliándolas. Las ilumina y, al mismo tiempo que extrae su mayor sentido, les otorga o dona un sentido nuevo que antes no tenían.
¿Cómo la lectura no ha de lograr grandeza en el alma humana cuando gracias a ella nos echamos por los caminos del mundo a vivir las aventuras más extraordinarias y maravillosas encarnando a los seres más sublimes y maravillosos que han vivido o se han imaginado? ¿Como desestimar esta compañía si con ella ingresamos al ara de los templos, a lo recóndito de los palacios, a la ermita de los santos? ¡Y hasta a los pliegues más íntimos del alma de los seres extraordinarios que habitan –más lúcidos que nunca– en las paginas de los textos!
Y no solamente a través de los libros es que oímos y hablamos con los vivos más gloriosos sino que –como nos lo precisaba don Francisco de Quevedo– con el libro y la lectura: «Entramos en conversación con los difuntos y escuchamos con los ojos a los muertos». Ella, la lectura, nos hace poseedores del mundo, experimentadores de los destinos de los seres de fábula cuyas capas abrochamos sobre nuestros hombros, cuyas botas calzamos y cuyas espadas blandimos. Nos sitúa en el acontecimiento trascendental de vivir con el máximo de significado y el máximo de valor. De allí que Jorge Luis Borges, imaginó el paraíso en la forma de una biblioteca, o la felicidad perfecta como una lectura interminable de un libro infinito.

3. Persona o comunidad que lee se alimenta mejor
Sin embargo hay quienes aplazan la lectura para épocas de bonanza y contraponen el acto de leer al acto de alimentarse, o de vestirse con dispendio o de tener bienes raíces que les aseguren una vida y un porvenir confortables. Antagonizan el acto de leer con el de nutrirse y comer, pensando que hay que arreglar primero lo básico y esencial para después pretender atender lo que sitúan en un nivel lejano, abstracto y trivial.
¿Por qué vamos a considerar opuestos el leer y el comer? ¿Por qué las páginas de un libro van a estar en pugna con el aguadito de pollo, el plato de lentejas o el puñado de arroz? ¿Por qué creer –o aceptar– que leer es opuesto a subsistir y distinto a ganarse el pan? Esta contraposición es errónea, malintencionada y hasta perversa, porque ambas funciones forman parte de la misma necesidad. Son dos requerimientos orgánicos que persiguen el mismo fin: el crecimiento y la salud integral del hombre. El uno en el plano físico y el otro en el plano mental, emotivo y anímico. Y, más que antagónicas, ambas funciones son aliadas.
Tampoco hay contradicción entre lectura y pobreza. No es que dejemos de leer porque tenemos que ganarnos el sustento diario y entonces, ominosamente, no podemos dedicarnos a esta función suprema que es leer. Este planteamiento también es falso y hasta inmoral. No se deja de leer porque tengamos que comprarnos un pan. Si ese fuera el dilema habríamos avanzado mucho y hasta llegado a la cumbre de la montaña en la aspiración por situar el libro al nivel de lo que es y significa en verdad el pan en cuanto a expectativa en el plano del alma, y si eso ocurriera podríamos batir palmas y celebrarlo. Pero las cosas no son así. Lo contraponen grupos demagógicos, arbitraria y perversamente.
Es el libro y su lectura pieza clave, herramienta de trabajo, máquina que produce y canta, punto de apoyo y hasta recurso estratégico en la perspectiva de mejorar la calidad de vida de las personas y de la sociedad la misma que porque lee bien come mejor, se alimenta de modo más optimo, lo hace de manera más sana, que aquella otra persona que no lee, puesto que por el hecho de leer el acto de alimentarse es siempre mejor orientado, adquiere mayor categoría y calidad.
Para comer bien hay que tener una educación y una cultura que lo favorece el leer; y, como ocurre en general, cuando una persona frecuenta los libros, esa persona está cualificando su relación con la realidad circundante en todo y para todo, incluso para ganarse la vida en el plano de la subsistencia, si esa es la discusión, y para alimentarse mejor, si ese es el dilema por resolver.

4. Leer es amar
Dijimos al principio que el hombre sólo cuando lee y escribe se hace libre. Y lo reafirmamos. Sólo en esas dimensiones es capaz de ejercer su libertad de manera plena, capaz de abrir ancha y ampliamente sus horizontes y, a partir de allí, hacer surgir mundos nuevos, regiones otras que quedarán latentes o ignotas.
Con la lectura y escritura el mundo cotidiano, regular, pedestre adquiere facetas imprevistas, no descubiertas; matices y gamas insospechadas. No hay cadenas, grilletes ni barrotes para el hombre que lee y escribe. Todas las llaves y cerrojos caen a sus pies y se abren todos los confines y baten como alas los aljibes de las puertas.
Pero la lectura es mucho más: leer es amar. Porque la lectura es el ámbito de la intimidad, núcleo del ser, útero y matriz. Nos acerca a encontrarnos con la amada o el amado y, sobre todo, con Dios. Es deambular ya por el reino prometido y enlazar en puente y comunión la vida con la muerte. Es devoción, consagración, anhelo de construir un mundo mejor.
Porque somos peregrinos insatisfechos del ideal. Y nuestra condición es aura, fulgor, brillo que solo alcanza presencia exacta y perennidad en los libros, urdidos por seres anhelantes de no ser efímeros.
Es amar porque uno la siente que no es mentira, que es verdad. Y porque en la lectura ningún amor se pierde y todos los amores perdidos allí se vuelven a encontrar. Porque leer es salvación, cura del alma, lugar de cruces, lagunas encantadas, nieves eternas, colinas prodigiosas donde sanan las heridas.
Porque en ella se halla lo que nunca va a morir, lo que eres en esencia y no en apariencia. Allí se encuentra nuestra infancia, el pueblo natal, las voces del alba, cuando nuestros padres nos concebían en su lecho de amor.
Allí está palpitante el encuentro del cual nazgo, las voces que se dijeron, el arco de esa alianza, los gemidos, la palabra indecisa hacia la cual tiendo las manos persiguiendo lo absoluto y eterno.
Leer es amar porque es síntesis: mirada, sollozo, grito de júbilo; porque al no encontrarte en la vida yo te busco en las páginas de los libros. A ti, a quien reclamo tanto, que busco lúcido o a tientas, esperanzado o anhelante. En la lectura siento que estoy más cerca de tus palpitaciones y latidos y del borde de tu orilla que es de donde la vida, los libros y los sueños nacen.
Fuente: Instituto del Libro y la Lectura del Perú (INLEC) en adhesión al certamen "El Mundo de la Lectura - Retos y Experiencias".

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